Por José Schulman
Crónicas de mi vida en La Habana

Viajé a La Habana en julio de 1990 con dos tareas encomendadas por mi partido: una era recuperar la visión del ojo izquierdo y la otra era representarlo ante el Partido Comunista de Cuba, que en esos años había constituido un espacio de coordinación permanente con todas las fuerzas revolucionarias del continente a las que invitaba a designar un delegado en La Habana, todo ello coordinado por el mítico Departamento de América, encabezado por el Comandante de la Revolución Manuel Piñeyro, conocido más como Barbarroja.
El cargo de Comandante de la Revolución no figuraba ni en el escalafón estatal ni militar, estaba reservado a quienes habían sido jefes en la Sierra Maestra y dirigieron la ofensiva contra Batista, el dictador cubano asistido y armado por los EE.UU. y la mafia que controlaba las dos principales industrias cubanas: el casino y la prostitución, y eentraron a La Habana el primero de enero de 1959
En algún momento de los setenta del siglo XX, la Revolución Cubana complejizó su sistema de relaciones internacionales de modo tal que por un lado estaba la Cancillería y las embajadas que practicaban las políticas diplomáticas que desembocaban en las Naciones Unidas, en el Movimiento de Países no Alineados, en las relaciones con los países socialistas y los mecanismos por ellos creado: en Economía, el COMECON; en políticas de defensa: el pacto de Varsovia todo ello siguiendo las tradiciones socialistas de sostener la convivencia pacífica de dos sistemas mundiales: el capitalista y el socialista; luchar por la solución pacífica de los conflictos y contra las políticas belicistas de EE.UU: y Europa; pero junto con esas políticas creó el Departamento de América que gestionaba las relaciones con las fuerzas revolucionarias y colaboraba con ellas del modo que estas le solicitaran. Sin límites, y eso incluía la preparación de cuadros aptos el conflicto armado, el espionaje y el contraespionaje y sobre todo el diseño de estrategias revolucionarias de largo plazo siguiendo la tradición guevarista sin dogmas pero sin complejos ni auto censura.
Se decía que el Comandante Manuel había conversado con no menos de quince mil dirigentes revolucionarios de las tres Américas, y todo bajo una estricta política de clandestinidad aún en Cuba, o mejor dicho, especialmente en Cuba donde nadie ignoraba que actuaba la CIA y sus equipos de espionaje.
Por eso, cuando llegué a La Habana fui recibido por el compañero Manolo, de largo recorrido en la Argentina: fue uno de los funcionarios que Frondizi expulsó del país en 1962 cuando la OEA decidió que todos los gobiernos rompieran con Fidel para aislarlo y derrotarlo (si sacas cuentas ya pasaron 64 años y todavía cantamos…).
Manolo se había incorporado muy joven a la revolución, combatió contra los grupos contra que se alzaron en las sierras del Escambray entre 1959 y 1965; también había estado en Yugoeslavia luego de que los yankees volaran el buque cargado con armas por ellos donadas a la revolución en 1960 (el barco se llamaba Le Coubre y causó más de doscientos muertos) y siguió volviendo a la Argentina por muchos, muchos años.
Lo primero que hizo Manolo fue llevarnos a cenar al hotel mas paradigmático de entonces: el Habana Libre que antes de la revolución había sido el Habana Hilton y allí tuvimos una de nuestras infinitas discusiones sobre las izquierdas argentinas, el peronismo y el comunismo entre otros temas.
A Manolo lo acompañaba un cubano bastante genotipo: mulato, esmirriado, con ojos brillantes y la sonrisa fija en su rostro; y me dijo que hasta que me acomodara el compañero me llevaría con uno de las Ladas del Departamento y así fue.
Romualdo me llevaba al Hospital pero también a conocer La Habana, barrio por barriio incluyendo la más cercana de las playas, la del Este. En uno de esos largos paseos nos preguntó si queríamos conocer a su mamá y claro que dijimos que sí y allí fuimos.
Era un departamento sencillo en uno de los barrios construidos por la Revolución en el Este de La Habana con una mesa larga donde fueron llegando vecinos y primos del compañero chofer. Trajeron frutas y lo único que recuerdo es que trajeron rajas de sandía espolvoreadas con azúcar y un jugo de frutas que parecía más un jarabe dulce que un simple jugo. Todos parecían saber algo de Argentina, del Che, del Diego y de la política.
Como siempre yo miraba todo como si fuera un detective buscando algún rastro invisible que me ayudara a entender tanta solidaridad y tanto amor a los argentinos, nada menos jaja; entonces percibí una virgen a la que habían colgado una medalla pero no dije nada en ese momento.
Luego, cuando volvíamos pregunté por lo que parecía una contradicción para mi cabeza de entonces: la virgen, una medalla, la casa de un revolucionario, algo no encajaba.
Entonces Romualdo nos contó que había peleado en Angola, que allí había alcanzado el rango de teniente coronel de artillería y que fue licenciado por una lesión en una pierna que le impedía volver al frente de combate y que al retorno fue reclutado por el comandante Manuel para el Departamento de América. La virgen era la Virgen del Cobre y su mamá le pidió ofrendarle la medalla al valor que había ganando en combates
Confundido, avergonzado, le dije que estaban locos que cómo iban a poner un teniente coronel a acompañarnos y ahí recibí mi primera lección sobre el modo en que Cuba cuidaba a los revolucionarios del mundo y que los invitados del Departamento América no solo requerían cuidado sino un nivel de debate político que solo los cuadros políticos podían garantizar.
A Romualdo lo seguí viendo en Cuba hasta mi regreso y para mi suerte, años después vino a trabajar a la Argentina con Manolo y hasta conoció a mis hijos en Rosario.
Ya saben, trabajaba de chofer, era mulato y esmirriado, también era Teniente Coronel de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Cuba.
Igual que los treinta y dos que murieron peleando contra el Imperio en la batalla de Caracas del tres de enero.
P.. D. Cuba combatió junto a las fuerzas del Movimiento Popular de Liberación dirigido por Agstinho Neto entre 1975 y 1991 siendo decisiva su participación para la derrota de las fuerzas de Sudafrica, siendo este hecho fundamental para la caída del Apartheid en 1992 como reconoció el lider Mandela a su amigo entrañable Fidel Castro en su visita a la Isla de la Libertad en 1991
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